TRAS BAMBALINAS. Improvisación y militarización, la estrategia de AMLO

Por Jorge Octavio Ochoa. A menos de dos años de haber asumido formalmente la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador acumula más dudas que certezas sobre el futuro de México.

Está por descontado que el país vivirá al menos un año más de profunda recesión económica, con un sistema de salud destrozado y una crisis en materia de seguridad, incluso más grave de la que vivieron Calderón y Peña.

Lo más delicado de todo, es que se ha colado la idea de que el régimen de la 4T ha empezado a colocar los ladrillos de la militarización, tras la renuncia de Jiménez Espriú.

Fiel a su naturaleza, López Obrador empezó a tomar decisiones incluso desde hace un año, y tenía contemplado desde octubre pasado, entregar a la Marina el control de los puertos marítimos, con o sin, el parecer del ahora ex secretario.

Su estilo personal de gobernar trasciende nuevamente. El nuevo secretario, Jorge Arganis, no estaba enterado de la designación de Rosa Icela Rodríguez en la Coordinación General de Puertos y Marina Mercante.

«Voy a informar el día de hoy al secretario de Comunicaciones”, dijo públicamente el primer mandatario durante la Supervisión de las obras de modernización del puerto de Salina Cruz en Oaxaca, el sábado pasado.

El presidente ha demostrado, una vez más, que no tiene respeto por nadie. Él quiere ser el muñeco de todas las roscas y eso, tarde o temprano, se lo van a cobrar… y muy caro.

Sin embargo, el problema es que, al menos en el rubro de seguridad nacional, muchos estamos convencidos de que los políticos o el mando civil, como se le quiera llamar, evidencia ya una profunda corrupción.

Han pasado más de 30 años sin que cambie la situación interna del país, porque precisamente funcionarios corruptos se han servido del tráfico de armas, drogas, acero, textiles, fármacos, perfumería, software, para enriquecerse.

México es hoy una coladera. De hecho, hasta su sistema financiero requiere una ardua investigación. El sector militar ha cometido errores, cierto. Hay que recordar tan solo al general Jesús Gutiérrez Rebollo y “el Señor de los Cielos”, Amado Carrillo.

De hecho, desde la década de los 90, empezó a entronizarse en México el narcopoder. Pero, a la luz de los hechos, el paso de los civiles no detuvo el avance del crimen organizado, que extendió sus redes a otras actividades más violentas.

El tráfico de personas, la prostitución, los secuestros. Todo ha sido fuente de ingresos para las bandas criminales y, por mucho que se quiera negar, esto va íntimamente relacionado con el componente social.

Lo hemos dicho hasta el cansancio: muchas comunidades han sido cooptadas y hasta literalmente acorraladas por grupos armados que hoy hacen y deshacen, sin que el poder civil los pueda controlar.

Hoy, 23 años después, la ruleta vuelve a dar la vuelta y parece que el Presidente, como en aquel entonces, dicta la última palabra y ha optado por el poder militar para tratar de pacificar al país.

Paralelamente, estas acciones se dan junto con una aparente “purga” en el ámbito político, a la luz de las presuntas revelaciones que hará en los próximos días y meses Emilio Lozoya, aunque en ello no esté involucrado el narcotráfico.

Causa preocupación esta doble ruta que empieza a tomar el país, porque va acompañada con la pretensión del presidente, de echar mano unilateralmente del presupuesto, reasignar partidas y eliminar fideicomisos para usar esos recursos.

Esto es lo que no pudieron hacer en el segundo periodo extraordinario de sesiones del Congreso de la Unión, pero sigue en la agenda, y es lo que exigen los grupos más radicales de la llamada 4T.

Control total, parece ser la consigna de López Obrador, incluso fundada en la mentira, porque él durante sus 18 años de campaña, dijo una y otra vez que regresaría a los militares a sus cuarteles y la seguridad estaría bajo mando civil.

Ahora, ante el fracaso del poder civil, el mandatario explora nuevamente la posibilidad del control militar, al margen de los riesgos que esto pueda conllevar. ¿Hasta dónde llegará el control de puertos marítimos y terrestres?

Todo se ha vuelto extraño y sospechoso bajo la égida de López Obrador. Hasta la extradición de Lozoya. Seguimos sin saber si está en calidad de testigo colaborador o testigo protegido. El hecho es que no ha pasado siquiera por el Reclusorio.

¿Hasta dónde llegarán los conciliábulos?

¿Qué tanto va a negociar con los grupos criminales del narco y de cuello blanco?

Se abren más las sospechas cuando, sorpresivamente, en el Congreso de la Unión las Cámaras de Diputados y Senadores dejaron suspendida la Ley de Extinción de Fideicomisos y las enmiendas en materia de control del Presupuesto Federal.

Dicen que Morena “se echó para atrás” pero, hoy por hoy, la constante es que la 4T requerirá cantidades ingentes de dinero para enderezar el rumbo. Quizá piensa que, al igual que con el avión, puede cambiar bienes confiscados por medicinas.

Para acabar de complicar el panorama, el propio Presidente se ha encargado de envenenar el ambiente con ideas de golpismo, complots internacionales y grupos “ultraconservadores” que lo acusan de comunista.

Sin venir a cuento, habló de un “movimiento mundial” que raya en el “fanatismo”, según dijo; en lo “irracional”, en el “odio”; “Se cierran por completo. No hay argumentos. No se puede establecer una comunicación, un debate, no escuchan razones”, dice el mandatario.

Hoy, a casi dos años de haber asumido la Presidencia, se queja de lo que él mismo incubó e inculcó en México durante 18 años. Hoy, que ha dividido al país y que ha prohijado el odio y el rencor, sale con estos argumentos, que van más allá de una mera lucha de clases y toca la pugna religiosa. ¿Qué le pasa?

 

 

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