Necesitamos tender puentes de diálogo, reclamo póstumo de Ifigenia Martínez

Por JORGE OCTAVIO OCHOA/Fotos FRANCISCO GEMINIANO. Frente a su féretro, en el silencio de un Palacio que hace menos de una semana era un jolgorio, las palabras del último discurso que no pudo leer, caen como plomo ardiente. 

Ifigenia Martínez reclamaba, con toda la autoridad moral de su historia personal, tender puentes con la oposición, antes de entregar la banda presidencial a la primera mujer en la historia de Mexico que ocupará ese cargo.

“Hoy, más que nunca, necesitamos tender puentes entre todas las fuerzas políticas, dialogar sobre nuestras divergencias y construir, juntas y juntos, un país más justo y solidario. 

“Es tiempo de altura de miras. Es tiempo de construir nuevos horizontes y realidades. Es tiempo de mujeres”.

Ella no pudo pronunciar ese último discurso, que enmarcaría la transición más importante de los últimos dos siglos. 

Pero llegó, con todo el espíritu, el corazón y las ganas, para atestiguar ese momento por el que ella misma luchó años antes, junto con Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz para acabar con el partido de Estado y sembrar un cambio democrático.

Ella misma diría: “Hoy nos encontramos aquí, en este recinto solemne de la democracia mexicana, como testigos de un momento que marca un antes y un después en nuestra historia: la Toma de Protesta de la Doctora Claudia Sheinbaum Pardo como la primera mujer Presidenta de México”.

Ifigenia llegó ahí, al recinto de San Lázaro, con todo y el lastre de un tanque de oxígeno, que la acompañó en sus últimas horas, pensando en que la llegada a la Presidencia de Claudia Sheinbaum, “es la culminación de una lucha que hemos atravesado generaciones enteras de mujeres, quienes con valentía desafiamos los límites de nuestros tiempos”

“Hoy, junto con ella, llegamos todas y abrimos paso a una nueva era”, decía el discurso que pensaba pronunciar en la ceremonia de transición del Poder Ejecutivo y que, por alguna razón no explicada hasta el momento, nadie leyó en su lugar, ese día de gloria, de asunción de la mujer en el poder.

“Yo misma, que he recorrido tantas batallas por la democracia y la justicia, me siento profundamente honrada de presenciar este triunfo histórico. En 1988, formé parte de la Corriente Democrática de izquierda en México, una lucha que, junto a muchas y muchos, iniciamos con la firme convicción de que el cambio verdadero era posible.

“Hoy, esas convicciones han rendido fruto. No solo tenemos una Presidenta, sino que se vislumbra un presente donde las mujeres participemos en condiciones de igualdad en la construcción de futuros posibles y deseables para nuestra patria. 

“Ser parte de esta transmisión histórica del Poder Ejecutivo y entregar la Banda Presidencial a la primera Presidenta es uno de los mayores honores de mi vida”. 

Ella soñó con ese Mexico, y en las últimas horas de su vida pedía: “Que nuestras diferencias no nos dividan, sino que sean la fuente de propuestas y de soluciones compartidas a los distintos retos que enfrentamos”. 

Pero el peso de los años y las circunstancias ahogaron este discurso. A su alrededor, esos que dicen ser sus cofrades, escenificaron uno de los actos de misoginia y ruptura institucional más lamentable de la historia contra la ministra Norma Piña. 

Tuvo que acercarse, en silencio, Sheinbaum, para tender su mano y besar la mejilla de la presidenta de la Suprema Corte, entendiendo que no son asuntos personales, es la República a la que se lastima con esas actitudes de machos.

Quedó ahí Ifigenia Martínez, con el ideal de un país “donde el liderazgo femenino dejará de ser la excepción, para convertirse en norma”.

“Desde esta soberanía, le decimos que no está sola. Que la lucha por la justicia y por la igualdad es de todas y de todos. Y que no descansaremos hasta lograr una democracia plena, donde no haya distinción de género, clase o condición”,diría Ifigenia Martínez en ese discurso que ya no pudo leer.

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