Preocupa a Jefes de Estado bajo nivel de seguridad para acudir a toma de posesión de AMLO
(Tomado de El País) Aunque todavía distante, la ceremonia de toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador empieza a ser un tema de preocupación entre los equipos de seguridad de los mandatarios invitados a este evento, por el grado de coordinación y el cúmulo de detalles que se deben cuidar con quien hasta ahora fue el especialista en estos temas: el Estado Mayor Presidencial.
En un país con 85 personas asesinadas al día (25 por cada 100.000 habitantes), con más de 100 candidatos acribillados a tiros en la campaña, López Obrador ha decidido circular por sus calles como si fuera inmortal.
A él, dice, “lo protege la gente”. Convencido a cada paso de que su rotundo éxito en las urnas radicó en gran medida en alejarse de la imagen de un presidente convencional —tradicionalmente inaccesible y rodeado de escoltas—
Nadie ha detallado todavía quién desempeñará las múltiples funciones que hasta ahora ejercía esta institución, formada por alrededor de 2.000 militares altamente calificados.
“Si hubiese una nueva visita papal o una cumbre, que eventualmente le va a tocar, no sabemos cómo lo van a resolver. ¿Se encargará el Ejército?
Se empezarán a dar cuenta”, añade experto en asuntos de seguridad Alejandro Hope y agrega que “hay una confusión de conceptos, el Estado Mayor Presidencial no trabaja solo para proteger al presidente, sino a la Presidencia y la institución”.
Ante el descontrol de cada evento y la polémica suscitada por su seguridad, López Obrador anunció que de esta función se encargarán 20 civiles desarmados.
Diez hombres y 10 mujeres coordinados por Daniel Asaf, socio de algunos restaurantes de un barrio de moda de la capital y miembro de confianza del partido, sin experiencia en estos asuntos, según señalan personas cercanas.
La sorprendente estrategia que ha mencionado el futuro presidente está basada en su experiencia como jefe de Gobierno de la capital. Entre 2000 y 2005, un grupo de seis mujeres armadas, que eran policías judiciales, conocidas como Las Gacelas, se encargaron de asegurar su círculo más cercano: caminaban junto a él y vigilaban cualquier acercamiento.
No estaban solas, además de ellas en cada evento se desplegaba un entramado de seguridad mucho más amplio: alrededor de 300 agentes de la policía local y civiles especializados en logística, según explica la encargada de coordinar aquel equipo, Polimnia Romana.
Ella considera que 20 civiles no son suficientes ni cree que esa propuesta se vaya a cumplir cuando tome posesión en diciembre. “El problema es que no ha abandonado el papel del candidato. Él quiere quedar bien con la gente siempre y no es consciente de lo irresponsable de esta decisión. Sigue jugando para la tribuna”, agrega Romana, que trabajó junto a él hasta 2012.
Teniendo en cuenta unos turnos de descanso mínimos, no habrá más de 10 personas custodiando al presidente. “Está claro que quiere inaugurar un nuevo estilo de gobernar y se vale. Ganaron abrumadoramente y quieren establecer nuevas formas. Pero hay que reconocer que el problema no es el Estado Mayor. Deben aclarar quién se encargará entonces de todas las funciones que desempeña este órgano”, agrega el analista Alejandro Hope.
La reducción de la seguridad del presidente supone todo un reto en un país que atraviesa la época más sangrienta de su historia, que cada mes bate un nuevo récord de homicidios. Y que no ha olvidado que en los últimos 13 años han muerto en accidentes aéreos tres secretarios de Gobernación (Interior) mexicanos: Ramón Martín Huerta (en 2005), Juan Camilo Mouriño (en 2008) y Francisco Blake Mora (en 2011).
Y hace solo unos meses el Cártel Jalisco Nueva Generación intentó asesinar al que fuera el fiscal general de ese Estado en Guadalajara.
“Su decisión no tiene sentido, es muy egoísta. Quiere ser visto como un hombre de la gente, mientras pone en riesgo a todos los que están a su alrededor. No ha explicado por qué quiere hacer esto, salvo por razones políticas”, agrega el exagente especial del FBI, Greg Shaffer.