EL CRISTALAZO.- Historias de amores y diamantes

Por RAFAEL CARDONA

Bajo la memoria del acierto wildeano de cómo la naturaleza imita al arte, cuento dos historias de amor y una de codicia.
Esta última guarda relación con el arquitecto Luis Barragán, cuya conversión primero en polvo y cenizas y después en diamante fúlgido, pero imperfecto, ha conmovido a los  amantes de la imaginación convertida en realidad.
Hace muchos años, como deben empezar los cuentos, hubo dos jóvenes enamorados. Vivían, como todos quienes se quieren, con  la mente puesta en el futuro sin  temor de las asechanzas de la desdicha. Pero un día la joven enfermó gravemente. Su vida no se prolongaría sin el trasplante de su maltrecho corazón.
El novio, quien le había jurado amor perpetuo, decidió darle, además de la promesa, un corazón para prolongar su vida. Se suicidó dentro de un hospital donde previamente había firmado su voluntad de donar los órganos útiles.
Y con ellos, en manifiesta previsión, la palpitante víscera escarlata con  la cual convertiría sus juramentos de eternidad en latidos cotidianos para recordarle a ella cuánto en verdad la había querido y la seguiría queriendo mientras lo tuviera alojado en su pecho por toda la vida. Ella se conmovió al principio, pero después el amor le dejó paso a la simple gratitud.
Aprendió a enamorarse con un corazón ajeno.
El pobre nunca supo, ni en la otra vida, cuántas veces y a cuántos ella les entregó su devoción  y varias partes de su cuerpo, a otros  a quienes ni siquiera les importó la procedencia cardiaca. Varias veces, además, se lo rompieron (al fin ni era suyo).
La otra historia guarda relación con un enamorado del teatro cuya humilde condición no le permitió convertirse en actor, pero siempre soñó con estar en las tablas del Old Vic, en Inglaterra. Como nunca pudo ser Hamlet, se pasó la vida preparándose para ser la calavera  con la cual el príncipe de Dinamarca monologa sobre si en la vida se es o no se es.
Testó en favor de la compañía y obtuvo de un taxidermista, mediante el pago por anticipado, la promesa y compromiso notarial de entregar el cráneo mondo y lirondo a la dirección teatral, la cual asumiría la obligación  escenográfica y utilitaria de usar tan yerma parte de la osamenta del difunto, en el estreno de la temporada shakesperiana.
Así pues, muerto y descarnado, el caballero amante del teatro pudo escuchar (con un cráneo sin orejas) los suspiros de un público agradecido por el óseo donativo, mientras el actor decía: “…to be or not to be…”.
Y la otra historia, la de Luis Barragán —o parte de sus cenizas—, convertido en diamante de artificio para insólita sortija, pues es un  simple juego de codicioso esnobismo. Convertir las cenizas de los famosos en brillantes artificiales, se podría volver rápidamente una industria del más refinado fetichismo “cultural”.
Para quien desconozca el caso le refiero brevemente la información reciente:
“…De acuerdo con The New Yorker, la artista conceptual (Jill Magid) tomó (con permiso del gobierno de Jalisco) parte de las cenizas del famoso arquitecto jalisciense, quien fue Premio Pritzker de Arquitectura (1980), con la finalidad de crear una gema para un anillo de compromiso que le sería entregado a Federica Zanco, la propietaria del archivo documental de Luis Barragán que se encuentra en Suiza.
“Lo que Magid pretendía (además de notoriedad y dinero) era un intercambio; ella les dejaba el anillo y los dueños le cederían dicho archivo (el cual terminará vendiéndole a una universidad gringa, obviamente)”.
Pero ese procedimiento (la Rotonda de los Diamantes Ilustres) nos daría lugar a otras historias codiciosas.
Imaginemos a quien nos presuma su codicia o su fatuidad con un collar de piedras fulgentes en cuya estructura de carbono estuvo, de otra manera y con otras dimensiones corporales de carne y hueso, Audrey Hepburn tras desayunar en Tiffany, con todo y su larga boquilla de la cual caían cenizas jamás vueltas diamantes o de perdida Brigitte Bardot con sus labios precursores del colágeno trompudo.
—Mira, dirá el pedante, aquí tengo a Sofía Loren, mientras exhibe el meñique con un doble diamante de visible quilataje.
Para las damas habrá dijes de Brad Pitt, en forma de almendra y posiblemente un diamante amarillento con los vestigios de los ojos verdes de Omar Shariff.
En verdad eso de los diamantes artificiales, como las perlas cultivadas, es un éxito de la imaginación. Quizá pudiera ser una forma un tanto cursi de llevar a alguien por el resto de la vida, ya sea  un anillo, una pulsera o un prendedor.
Pero para recordar a alguien no hacen falta las cenizas tristes vueltas brillantes artificiosos. Es suficiente recordar y en algunos casos visitar un cementerio o llevarse la urna funeraria a la casa.
A fin de cuentas, el mejor recuerdo es uno mismo.
rafael.cardona.sandoval@gmail.com
elcristalazouno@hotmail.com

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