Silvia Pérez Cruz convierte el Teatro Metropólitan en un territorio de música y memoria

Aurora Vargas
Hay conciertos que se construyen a partir de una sucesión de canciones y otros que parecen avanzar como una conversación. El regreso de Silvia Pérez Cruz al Teatro Metropólitan perteneció a esta segunda categoría. La noche del jueves, la cantante catalana no se limitó a presentar Oral Abisal: convirtió el escenario en un espacio para hablar del amor, el deseo, la maternidad, la migración, la pérdida y la memoria a través de una música que nunca permanece demasiado tiempo en un mismo lugar.

Desde los primeros minutos quedó claro que la voz sería el principal instrumento narrativo. Pérez Cruz puede cantar casi al borde del silencio y, sin modificar la aparente sencillez del gesto, llevar una frase hasta un punto de tensión en el que la voz parece quebrarse. Esa fragilidad no funciona como recurso ornamental, sino como una forma de aproximarse a aquello que las palabras por sí solas no alcanzan a explicar.

“¡Qué alegría! Gracias por esperar. Aquí estamos después de tanto tiempo. ¡Ay, México lindo!”, dijo al encontrarse nuevamente con el público mexicano. La frase abrió una noche que tenía algo de reencuentro, pero también de viaje.

Acompañada por Carlos Montfort, Marta Roma y Bori Albero, Pérez Cruz construyó una formación capaz de cambiar de textura constantemente. Violín, violonchelo, contrabajo, percusiones, trompetas y coros aparecieron y desaparecieron según las necesidades de cada canción. La instrumentación no buscó imponerse sobre la voz; funcionó como una arquitectura móvil que permitía que las canciones respiraran.

La diversidad de géneros no se presentó como una colección de influencias, sino como parte de una misma búsqueda. La formación de Pérez Cruz en música clásica y jazz convive con su acercamiento al flamenco, el fado y la canción de autor. En Chundwa, esa búsqueda tomó la forma de una chacarera argentina, vinculada con los viajes de la artista por ese país. El resultado no fue una reproducción de un género ajeno, sino una apropiación desde la experiencia.

En Líquido, la voz volvió a ocupar un lugar distinto. El quejío flamenco apareció acompañado por tres trompas, sustituyendo la presencia habitual de una guitarra y generando una sonoridad más amplia. La canción hizo evidente una de las características de la propuesta de Pérez Cruz: la capacidad de modificar las expectativas del escucha sin romper la identidad de la pieza.

Pero el centro emocional de Oral Abisal apareció cuando el agua dejó de representar únicamente una imagen asociada al deseo o a la vida y se convirtió en frontera.

Mar muerto introduce la migración africana y las muertes ocurridas en el estrecho de Gibraltar. En la grabación participan los testimonios de Soly Malamine y Mouhammad, dos hombres que realizaron esa travesía. En el escenario, la canción adquiere otra dimensión porque detrás de la composición existe una experiencia concreta: personas que cruzaron el mar buscando llegar a Europa y que forman parte de una historia migratoria que continúa produciendo pérdidas.

Ahí el concierto dejó de ser únicamente una exploración musical y se convirtió también en un ejercicio de memoria. Pérez Cruz no necesitó convertir la canción en discurso. La voz, los silencios y la instrumentación fueron suficientes para colocar al público frente a una realidad que suele reducirse a cifras y noticias.

Esa capacidad de pasar de lo íntimo a lo colectivo atravesó toda la presentación. El deseo y la maternidad conviven en Oral Abisal con la sed, el mar y la migración. Lo personal no aparece aislado de lo social: forma parte de una misma experiencia humana.

El repertorio también permitió regresar a canciones que han acompañado la trayectoria de la cantante. Pequeño vals vienés, poema de Federico García Lorca musicalizado por Leonard Cohen, funcionó como un puente entre distintas etapas de su carrera y reafirmó su manera de apropiarse de materiales que ya forman parte de la memoria musical de varias generaciones.

La aparición de Natalia Lafourcade modificó nuevamente la atmósfera. No fue necesario construir un gran preámbulo para explicar la relación entre ambas. Las dos compartieron Mi última canción triste, pieza que escribieron y grabaron en 2023. La canción parte del desconcierto y la tristeza y encuentra poco a poco una posibilidad de movimiento, como si la pena también pudiera transformarse.

El encuentro continuó con La Llorona, una canción de tradición popular que ambas han interpretado en diferentes momentos de sus carreras. En sus voces, la pieza adquirió el peso de una memoria compartida: México como territorio musical, pero también como lugar de encuentro para dos artistas que han construido su relación con la canción desde perspectivas diferentes.

Pérez Cruz habló también de Cuba, país que ocupa un lugar particular en su historia. Este 23 de agosto ofrecerá un concierto gratuito en la Iglesia San Francisco El Nuevo, acompañada por Montfort, Roma y Albero. La elección del espacio tiene una razón musical: su acústica permite tocar sin depender de la electricidad. “Que la música sea libre e imparable”, explicó.

El vínculo con la isla comenzó cuando era niña. A los cuatro años, su padre le enseñó La tarde, de Sindo Garay, después de regresar de Cuba, donde trabajaba en la recuperación y organización de canciones. Años después, Pérez Cruz grabó el tema junto a Javier Colina en En la imaginación, proyecto dedicado al filin cubano.

Ese recuerdo ayuda a comprender una parte esencial de su relación con la música. Para Pérez Cruz, las canciones no parecen pertenecer únicamente a quien las compone o las interpreta. Viajan entre generaciones, países y personas. Se transforman con cada voz que las vuelve a cantar.

“Estoy feliz de que exista la música, me parece el mejor invento que se ha hecho”, dijo durante el concierto. La frase resume una noche en la que la música funcionó precisamente como eso: una forma de comunicación capaz de atravesar idiomas, fronteras y experiencias.

Después de México y Cuba, Oral Abisal continuará por Santo Domingo, Santiago de Chile, Buenos Aires, Porto Alegre, São Paulo y Río de Janeiro. El primero de octubre llegará al Palacio de la Ópera de A Coruña.

En el Teatro Metropólitan, Silvia Pérez Cruz dejó una presentación que no dependió de grandes gestos para permanecer. Su fuerza estuvo en la manera de sostener una canción, llevarla de un territorio a otro y permitir que, durante algunos minutos, una historia personal pudiera convertirse en una experiencia compartida.

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