TRAS BAMBALINAS. El ansia por volver a lo de antes (2ª parte)

Por Jorge Octavio Ochoa. Enviado. Barcelona, España. A distancia, desde el viejo continente, podemos constatar que México, ni mucho menos su presidente, son referencia alguna de nada.
Si acaso, las noticias brutales sobre ejecuciones y balaceras en las ciudades, “para calentar la plaza”, son lo llamativo, como parte de las luchas intestinas entre grupos del crimen organizado y el narcotráfico, en lo que México sí es líder internacional.
Como país en transformación no somos referencia, pero ni de asomo. Se salva de las críticas en materia de salud, porque el desorden y la descoordinación en torno a la pandemia es colectiva.
Hay un ansia en el ser humano por volver a su antigua normalidad. Se necesita esa densidad humana para no estar solo. El tapabocas se convirtió en consuelo y salvavidas de un mundo que no sabe todavía que clase de enemigo enfrenta.
En la prensa mundial circulan noticias preocupantes, sobre nuevas cepas del virus, que podrían duplicar, triplicar el número de víctimas, pero a la vez hay quienes ya buscan suspender el uso de mascarillas o tapabocas.
Hay confusión. Algunos han tomado ya como un hecho la libertad para no usar el tapabocas, pero el transporte público y los negocios se mantiene como una regla y se estudia la implementación de un código QR para toda la Unión Europea.


ESTAS GANAS DE VIVIR
Es una especie de ganas de morir viviendo, o vivir muriendo. Las mañanas son distintas, bajo esa sensación de libertad que de pronto se ve amenazada. Apenas el viernes 25 de junio regresaron a Barcelona los cruceros internacionales.
El mundo no se puede detener. Esa actividad dejó mil millones de euros en este país tan solo en el 2019. Sí, hay una urgencia, una necesidad por reactivar la economía, pero los rebrotes también están a la orden del día.
Sea como sea, en España se abren, y son los jóvenes quienes sufren ahora las consecuencias. En Las Canarias y Barcelona han tenido que implementar medidas en bares y centros de reunión, para evitar una nueva ola.
Sea como sea, a España nadie le va a contar sobre historias terribles; al menos, no más terribles de las que ya han vivido en Madrid o Barcelona, por atentados terroristas. Por eso estas tremendas ganas de vivir.
LA LENTITUD DE MÉXICO
En este lento despertar, entre la bruma de una pandemia que no se disipa, el 3 de julio, el canciller Marcelo Ebrard dijo que buscarían la manera de que no se afecte a los viajeros que quieran acudir a Europa de vacaciones. Tarde.
Tarde, porque desde semanas antes, no hubo quien protegiera a viajantes, ni avisara sobre las medidas sanitarias que mantuvieron y mantienen cerrada media Europa, con fuertes restricciones para países de riesgo como México.
Holanda, Italia y Alemania, mantienen cerradas sus fronteras al turismo mexicano; en el mejor de los casos, con cuarentena mínima de 10 días para poder ingresar, previa prueba de antígenos.
Pero esto, en México, nadie lo informó, y las propias embajadas actuaron con negligencia absoluta, como fue el caso concreto de Italia.
Solo España arriesgó. Abrió sus puertas a los vacunados con Pfizer y AstraZeneca más un código QR 4 días antes del viaje. Y reciben al viajero, hasta con ternura, aplicados en orientar a los turistas despistados.
CURIOSIDAD E INCREDULIDAD
La pregunta, a bote pronto, es sobre los cárteles. Está claro que para Europa, los “jefes” del tráfico de drogas son los cárteles mexicanos, que han convertido el negocio en una industria trasnacional.
En las costas de Barcelona y Marbella menudean las historias de quienes dicen haber visto lanchas rápidas surcando el mar, para distribuir paquetes. Historias repetidas desde la Reyna del Sur.
Pero las descripciones de masacres y ejecuciones son algo que no cabe en el imaginario popular. Hombres crucificados, colgados de puentes, en lugares desconocidos; Zacatecas, Tamaulipas, Tijuana, Michoacán.
Acaso Guanajuato, lugar de la cultura; o Acapulco, Guerrero, lugar del sol y playa, contrastan en medio del mensaje que ha llegado hasta estos lares: “El país está en paz”. Pero todo ello les resulta confuso, increíble.
Tampoco entienden por qué alguien pide “disculpas” cuando la mortandad es ahora mayor que en la época de La Conquista. Tan cruenta y tan brutal que no se explica, no se entiende.
“Abrazos y no balazos”, el slogan para un país con casi 100 muertos al día. Pero el amor a México es y sigue, y ellos se consideran la madre patria porque, nos guste o no, para la mayoría de mexicanos, lo es.
Pero esta semana, en la edición de El País, sorprende la reseña de la localidad fronteriza de Reynosa, que amaneció desierta y muda. Sus habitantes soportaron ese fin de semana lo que en la macabra jerga del narco se conoce como “calentar la plaza”.
Contrasta, el ansia de vivir en el viejo continente, con la sed de matar por matar, en el suelo Azteca. Hombres armados dispararon sobre una avenida al azar y mataron a 14 personas, además de dos mujeres que fueron secuestradas y amordazadas.
“En menos de dos horas acribillaron a una familia completa, trabajadores, estudiantes y vecinos con el único fin de utilizar la violencia y a la población como moneda de cambio para ejercer el control sobre la localidad”.
Calentar la plaza. Son los relatos que llegan del viejo continente. Pero en México hay un presidente empeñado en desacreditar a la prensa; que habla del conservadurismo y que aplaude las virtudes de una jefa de gobierno que encubre un crimen en la Línea 12 del Metro.
Esos son los ecos que AMLO no puede contener.

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