TRAS BAMBALINAS.- LOS MISERABLES Y LOS MUERTOS DE HAMBRE

Por JORGE OCTAVIO OCHOA.- En este país de “clases”, donde “los de arriba y los de abajo” cada día se juntan más, generando una nueva “clase media” que por igual es castigada por la delincuencia organizada que por la voracidad de la “clase política” gobernante, no es gratuito que cada día surjan nuevas historias de “justicieros” que ajustan cuentas a malvivientes y que algunos ciudadanos, colocados accidentalmente en la élite del poder sean víctimas de agresiones, como es el caso de Ana Gabriela Guevara.
Fue triste ver cómo, entre sollozos, la ex medallista olímpica trataba de explicarse la brutal golpiza de que fue objeto y sólo decía: “… pero si yo, hasta hace poco era una simple ciudadana”. Una mujer expuesta a toda su debilidad, a todos sus miedos, la misma debilidad y los mismos miedos que vive gran parte de la población, cuando por las noches tienen que abordar esos camiones atiborrados de cansancio, de humores humanos, que se descargan en un espacio de 20 por cuatro metros.
Se juntan las pesadillas y las ambiciones de los que quieren cambiar sus vidas, a fuerza de trabajo o a base de golpes; los que quieren experimentar emociones distintas, invadiendo el espacio físico y la intimidad, en una delgada línea en la que la ley se vuelve más inútil de lo que es a cielo abierto; que no protege a nadie y nos iguala a todos en una misma vulnerabilidad. Todos nos sentimos inseguros e indefensos.
Lo ocurrido con la senadora del PT es la confirmación del ambiente tan descompuesto que ya priva en el país, donde los delincuentes ven y sienten tan débil al Estado, que se ven a sí mismos como los intocables, los machos alfa que dominan el entorno y que pueden doblegar a todo aquel que se les ponga enfrente. Ese es el mensaje permanente que les recetan a los jóvenes a través de la televisión.
Repudiamos a los Yarrington de la política que se mezclan con ese mundo de delincuencia, pero guardamos una oculta admiración por esos tipos desfachatados que se vuelven poderosos a base de golpes y metralleta; que se rodean de mujeres y dinero, que convierten en fantasía sus escapes milagrosos y retan a la muerte porque ellos son sus más fieles misioneros. Así vemos el “estilo narco”, tatuado en el cerebro y exaltado desde “la Reina del Sur” que ama a “El Chapo” Guzmán.
En suma, hay una grave descomposición que va más allá de lo político y lo económico, que rebasa las clases sociales y que se ha convertido en cultura y cáncer de la sociedad. Vivimos en medio de una extendida corrupción y una absoluta ausencia de la ley. Sin embargo, poco puede hacer ésta cuando sus representantes y hacedores, diputados y senadores, dedican menos del 60% de su tiempo a revisarla y garantizar su permanente aplicación.
Lejos de ello, los diputados federales nos dan bofetadas de cinismo, como el “bono navideño” que acaban de regalarse, justo ahora, cuando el Banco de México acaba de anunciar una segunda alza de las tasas de interés, cuando se nos avecinan alzas en cascada en los precios de la gasolina y cuando el peso se desfonda cada día más frente al dólar, lo que dejará a muchas familias a un nivel de mera subsistencia.
Fuera de toda orden, sin respeto ni solidaridad con la población, ellos se reparten los recursos excedentes antes que regresarlos a la Hacienda Pública, en medio de excesos y lujos desde comidas en suntuosos restaurantes y cantinas, hasta reparto de vehículos a los Presidentes de Comisiones, como los 80 híbridos, arrendados a un sobre precio de más de 30 mil pesos sobre el precio de lista, que sólo 5 diputados de MORENA regresaron.
Nos enteramos que el presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Javier Bolaños, regala canastas con botellas de Champagne Moét Brut Rose Imperial, que en el mercado cuesta 2 mil 83 pesos, una de vino tinto Protos, de mil 20; un whisky Johnnie Walker de 593 y un Mezcal Alipus de 529. Los obsequios que se da la clase en el poder, como requisito indispensable para pertenecer a ese club de los poderosos.
Los miserables y los muertos de hambre de pronto se encuentran en el camino y se mezclan los mundos. Príncipes y mendigos, descarnados en sus apetitos y ambiciones. Entonces uno se pregunta: ¿Quién es más muerto de hambre? ¿Quién es más indigno: el que trafica lo ilícito o el que tuerce los argumentos para justificar actos deleznables como darse una subvención de 150 mil pesos bajo el concepto de “atención legislativa”?
Los muertos de hambre, los indignos, son aquellos que facturan gastos de galletas, pasteles, hamburguesas y cafés de Starbucks cargados al erario; las comidas de más de 10 mil pesos en restaurantes, y de más de 4 mil pesos en cantinas-bar, como La Polar. No es la gente que deambula por las calles sin techo, sin comida y sin nada qué festejar en estas navidades. Esos son simplemente “pobres”.
Los miserables son esos que no tienen empacho ni vergüenza de seguir saqueando, convirtiendo el sistema de partidos en un sistema para el latrocinio institucionalizado. ¿Por qué no nos sorprende que surjan más justicieros? ¿Por qué a nadie espanta que un pueblo tenga que tomar rehenes para que un delincuente acepte intercambiar a su propia madre para no ser víctima del mismo infierno que él genera?
¿Dónde está el estado de derecho cuando todo un pueblo, San Miguel Totolapan, explota para hacerse justicia por su propia mano porque nadie ha querido hacerse cargo de aplicar la ley? Los Tequileros del mundo se asocian en San Lázaro y viven en la misma impunidad que aquel, con la diferencia de que el verdadero Tequilero anda a salto de mata y estos roban 75 millones de pesos de un bono que pudo haber sido “secreto” de no ser porque los medios lo difundieron.
Solidaridad, sí, con Ana Guevara, pero profundo desprecio por esos que dicen representarnos en un Congreso de la Unión pero que sólo representa el grado máximo de corrupción de un país harto de sus excesos. No, ustedes no se imaginan cuánto los odiamos.