TRAS BAMBALINAS. Diáspora y venganza

Por JORGE OCTAVIO OCHOA. El surgimiento de un mini grupo de senadores que irrumpe en el escenario político, es una mala noticia para López Obrador, Claudia Sheinbaum y Morena; pero también lo es para las jerarquías del PAN y PRI, controladas por dos liderazgos cuestionados y sin arrastre social.

El término “irrupción” es justo, por el valor que adquiere, pese a lo pequeño que pudiera parecer ese grupo. Juntos, 5 somos muchos más que 2, podrían parafrasear jocosamente sus integrantes, porque sobre ellos hay todo un paraguas de mensajes y emociones contenidas que se pueden coaligar.

Y todo ello porque, después de tres años de palabrería, el hastío empieza a socavar las filas de un movimiento que levantó muchas esperanzas, pero que sigue en posición de arranque, sin nada de qué presumir, porque los hechos le han restado toda autoridad moral.

El diagnóstico de lo que ocurre en México, ya lo teníamos desde antes del 2018, cuando el crimen organizado se empezó a extender sin control. El PRI entregó el poder al PAN, pero no la libreta de contactos de los capos de las mafias a los que había entregado el control de territorios.

Entonces Fox y Calderón empezaron a bordar en el vacío, y asumieron “riesgos de Estado”, como el iniciar una “guerra”, que involucró e incluso ahora mantiene bajo cuestionamiento a un ex secretario de Defensa, Salvador Cienfuegos, quien sigue bajo investigación en los Estados Unidos, pese a su liberación.

Por tanto, resulta innecesario, inútil, irrelevante, que todos los días López Obrador insista en que “fueron los de antes”, “los del periodo neoliberal”, los que causaron el desastre. Eso ya lo sabíamos. Lo que se esperaba, es que él pusiera fin a ese periodo. Pero, a la luz de los hechos, no es así. Incluso está peor.

López Obrador no entendió, no ha entendido, que el voto descomunal a su favor, en 2018, fue precisamente para eso: para cambiar el estado de cosas. Sin embargo, en medio del fracaso, hoy quiere dormir a ese pueblo, bajo la patraña de que “fueron los de antes”.

ESTADO FALLIDO

México se encuentra ya, en los parámetros de un Estado fallido: Grupos criminales se involucran en procesos electorales; instauran o quitan gobiernos locales; establecen controles de paso en los territorios; desplazan y despojan de sus tierras a núcleos sociales a base del terror.

Todo esto, con el pleno conocimiento de las autoridades, no sólo municipales y estatales, también federales. En la otra vertiente de la ecuación, hay zonas del país con absolutos vacíos de autoridad. La turba puede tomar decisiones sumarias y ejecuta linchamientos que duran horas, sin intervención de nadie.

Esto no es de ahora, es de hace más de cuatro décadas, pero poco ha cambiado, pese a la pléyade de partidos que ya han tenido el poder a nivel federal. Así, los viejos hechos vuelven a ser noticia, pero básicamente por un denominador común: descomposición.

Hay descomposición social, descomposición de las leyes, descomposición de las instituciones, descomposición de la justicia, porque todo se tuerce, se altera o se acomoda según las instrucciones de grupos de poder en cada territorio. Se compran voluntades, con dinero, con amenazas judiciales, o con plomo.

AYOTZINAPA

Las nuevas noticias sobre el caso de los 43 asesinatos de Ayotzinapa, confirman estas afirmaciones. Toca las venas de un fenómeno que se repite. Los mexicanos suponíamos; el Ejército tenía noticias de lo ocurrido; sabían del involucramiento del grupo criminal Guerreros Unidos pero, en el mejor de los casos, se quedó al margen.

La relación de hechos de Ayotzinapa, toca las esferas políticas y revela esa descomposición de la que hablamos. El ex alcalde de Iguala, José Luis Abarca, fue llevado al poder por el PRD, en los tiempos en que Andrés Manuel López Obrador todavía pertenecía a ese partido. Los de antes, son los de ahora.

En el 2017, pobladores advirtieron ante AMLO sobre los nexos de los Abarca. Nunca los oyó. El entonces dirigente del PRD en Iguala, Óscar Díaz, aseguró haber visto el escrito entregado a AMLO donde, desde entonces, se hablaba de la relación con el grupo criminal Guerreros Unidos.

AMLO no hizo caso”. Como si fuera una burla, apareció en fotos con el exalcalde. Hoy, el presidente de la república no podría pararse tranquilamente por Iguala. Sus pobladores no lo quieren ni ver. Así se desplomó en parte de Guerrero y Morelos su autoridad moral.

SUBVERSIÓN

Entonces, pues, no son historias pasadas. Son contextos que conectan el pasado con el presente, y que quitan la autoridad moral al dirigente de un Movimiento de Regeneración Nacional, convertido en partido, integrado por varios líderes, señalados por sus relaciones sospechosas y corruptas.

En México seguimos viendo actos de subversión, alteración del orden; grupos sociales inconformes y violentos, que ejercen la ley por su propia mano. Campos de exterminio, ejecuciones, linchamientos. Se quitan y ponen autoridades electas, deciden quien entra y quien sale, expulsan a sus pobladores.

Tres hechos resumen el diagnóstico del México de ayer y hoy que no ha cambiado, muy a pesar de la retórica sofista del presidente de la República: El bombazo en Salamanca Guanajuato; el linchamiento en Huitzilac Morelos, y el incendio provocado en la discoteca Baby’O en Acapulco Guerrero.

Estos sucesos, ponen en la mesa el ambiente de descomposición que vive el Estado mexicano. El vacío de autoridad sigue siendo el mismo en momentos cruciales, cuando se necesita un golpe de timón. La ley la toman por propia mano grupos sociales o criminales, que igual bloquean trenes o hacen explotar negocios.

Hay una especie de justicia popular, que también permitieron los de antes, que están ahora. Sólo hay que recordar Tláhuac, en el 2004, y ver qué cargo tiene ahora: Marcelo Ebrard, secretario de Estado. El mismo que propició la desgracia de la Línea 12 del Metro. Y ahí está. Antes y después.

ADOCTRINAMIENTO Y FORMACIÓN DE CUADROS

En el ámbito castrense, militares que vivieron los hechos de Ayotzinapa y que curiosamente estuvieron recientemente en el acordonamiento por el bombazo en Salamanca, Guanajuato, reconocen que México vive una auténtica subversión social, empujada y hasta patrocinada por el crimen organizado.

En Ayotzinapa hubo, por omisión o silencio, responsabilidad del Ejército. Pero será difícil que el actual gobierno admita oficialmente esto. La verdad histórica, si acaso, cambia por el hecho de que, efectivamente, hubo tortura, pero la desaparición de los estudiantes la ejecutaron grupos criminales.

Lo que preocupa a los militares en activo, es lo que hay detrás de todos estos hechos. Grupos criminales como Guerreros Unidos y los Rojos, mantienen una disputa ya no sólo por el trasiego de drogas, sino por concepciones ideológicas que implican movilización social a través de cuadros de jóvenes “ideologizados”.

Mandos del Ejército que prefieren el anonimato, aseguran que en la normal rural Isidro Burgos, se preparan desde hace tiempo, cuadros o células de normalistas que llevan un adoctrinamiento de corte paramilitar; con arengas de justicia social, en contra del racismo y el clasismo. Es, dicen, el renacimiento de la lucha de clases.

Se prepara toda una generación de muchachos dispuestos a emular las acciones de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas, bajo el discurso de la desigualdad, la marginación, el rezago social y el abuso de castas y élites adineradas que se han aprovechado de la ignorancia del pueblo.

Lo más preocupante, dicen, es que todo esto se da en medio de un incontrolable tráfico de armamento cada vez más sofisticado y de alto poder por todo el país, que es utilizado apegados al manual de guerrilla urbana, para desestabilizar a las autoridades formales, a las instituciones y al Estado en general.

Esto se vivió, añaden, desde el estallido social en Oaxaca, cuando la APPO se convirtió en un bastión ideológico hasta que intervinieron las Fuerzas Armadas con tanquetas y pelotones completos de soldados. Ahora, en Michoacán, se repiten los hechos, pero con signos más preocupantes.

En Tepalcatepec, por ejemplo, el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) usó drones para atacar, por igual, a las “autodefensas” y a elementos del Ejército; acompañados por camiones blindados llamados “monstruos”, equipados con fusiles de asalto tipo Barrett calibre 50, de altísimo poder.

TERRORISMO EN MÉXICO

Las imágenes, vistas en las redes sociales, muestran convoyes con sujetos fuertemente armados; rifles de asalto, granadas, radios de comunicación. Se les ha visto en Michoacán, Sinaloa, Morelos, Guanajuato, Jalisco, Chiapas. Todos, en auténticos actos que bien pueden ser calificados de “terrorismo”.

Se quiere sembrar terror a cada paso. Así, la sociedad se doblega o toma las armas, depende de la región. Los campos de exterminio soy ya un hallazgo cotidiano en la crónica del día a día para buscar a los más de 100 mil desaparecidos, ejecutados, ajusticiados.

Lo ocurrido en Salamanca y Acapulco es doblemente preocupante, porque es el propio gobierno federal el que se apresura a sacar conclusiones rápidas, para desechar todo uso de la palabra TERRORISMO. El gobernador de Guanajuato fue literalmente regañado por haber utilizado ese término.

Desde el centro de la República le reconvinieron, y no volvió a usar la palabra. Casi casi ya ni se habla del tema. Un regalo bomba y el presidente de México dice que no fue el crimen organizado, al igual que lo sucedido en la discoteca Baby’O, donde López Obrador lo reduce al cobro de una deuda entre empresarios.

Aceptar ese estatus, implica abrir las puertas a la intromisión internacional. De hecho, en estos momentos, lo que flota en la relación bilateral México-Estados Unidos, es precisamente ese fantasma. Los vecinos están a punto de declarar la existencia del terrorismo en México.

Ebrard y AMLO buscarán defender su causa, a la luz de la demanda enderezada contra los fabricantes de armas allende la frontera norte. Mientras tanto, prevalece la inestabilidad y el doble discurso de que “fueron los de antes”, aunque la política exterior sea manejada por uno de aquellos.

EL DOBLE DISCURSO

Así pues, como colofón, podemos afirmar que es imposible pretender formar una mejor sociedad desde la retórica del odio. No se entiende un discurso que llama a la paz, la conciliación y los abrazos, desde la descalificación, el vituperio y la amenaza al adversario.

¿Cómo exorcizar el pasado con un permanente discurso de reproche? ¿Qué, se trata de un mero ajuste de cuentas? Si vamos a perdonar lo de antes, pues entonces hay que sellar el pasado y darle un cierre. En todo caso, si hubo excesos, abusos u omisiones, que se aplique la ley.

La justicia no requiere de más retruécanos. Para la justicia, efectivamente, no hay olvido. Pero amagar con su aplicación y no llegar a nada, simplemente se vuelve amenaza, chantaje y uso autoritario de la ley. Se es o no se es demócrata. Las consultas falsas sólo están hechas para recrear el rencor.

Cada vez que se levanta una arenga contra los conservadores del pasado, que se pone en tela de juicio el trabajo de un periodista, de un investigador, y se generaliza a los corruptos como parte de élites doradas y privilegiadas, se empuja a núcleos de la sociedad a decisiones y actos no programados.

Efectivamente, la gente está cansada de abusos, pero también de la ausencia y de las omisiones de sus representantes. Por eso, a veces sólo encuentran en la violencia y las ejecuciones sumarias, el consuelo a generaciones de resabios y odios.

Creer que no pasa nada cuando se sataniza figuras del pasado o del presente, es atizar las cenizas del odio, y encender las llamas del ajuste de cuentas fuera de todo orden y justicia. Eso es lo que hacen los autócratas, los sátrapas, cuando insisten en polarizar.

DEL PERDÓN A LA INCITACIÓN

O hablamos de perdón definitivo, o anunciamos el inicio de una etapa de judicialización, apegados al marco legal, para aplicar la ley a quienes la rompieron en contra del pueblo. Lo demás es mantenerse en el hilo de la hipocresía. Que no se sorprenda AMLO por lo que le sucede ahora en cada gira por el país.

Cada vez, son más las protestas y manifestaciones que salen al paso de la caravana de López Obrador cuando viaja por el interior de la República. Y lo peor: cada día son más agresivas.  AMLO y su 4T tampoco han encontrado fórmulas ni salidas para disminuir la desigualdad.

Gobernar debiera ser un acto desinteresado, ajeno a las banalidades, quizá hasta silencioso, porque muchas veces, la toma de decisiones implica fallos que afectan a unos u otros. Actualmente en México, el ejercicio de la autoridad es el acto más solitario. Lo decide y lo ejerce una sola persona.

Quizá el ejercicio de la autoridad debiera ser un acto colegiado, producto de la consulta, pero con especialistas y expertos. Hoy no tenemos eso. Vivimos un protagonismo desbordante. La mentira y la farsa de los que dicen que todo lo saben, y que van a gobernar como nunca nadie lo ha hecho.

AMLO tiene razón cuando dice que fueron los de antes. Pero los de ahora son parte de lo mismo y, por ende, son iguales. Esto lo podremos comprobar esta misma semana, a la luz de la contra reforma eléctrica: los mismos conciliábulos, las mismas canonjías ilegales. MORENA y PRI serán uno mismo.

 

 

 

 

 

 

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