TRAS BAMBALINAS. Ridículo y vergüenza

Por Jorge Octavio Ochoa. La reciente cumbre del Celac solamente dejó ridículo y vergüenza para las naciones latinoamericanas en general.

Reunidos en México, 18 jefes de Estado, dos vicepresidentes y 12 cancilleres, llegaron para hablar de la unidad, y sólo profundizaron sus diferencias.

Mientras los mandatarios intercambiaban reproches, miles de migrantes haitianos se aglomeraron en la frontera del “odiado” vecino capitalista del norte.

Más de 12 mil personas cruzaron el continente “bolivariano”, sin que en ningún momento surgiera la solidaridad latinoamericana.

Ninguno de esos gobiernos tendió una mano, ni pensó en algún protocolo de ayuda y seguridad a su paso.

Familias completas huyendo de la dictadura, del abuso de poder, y hoy están en los límites de Coahuila con Estados Unidos. ¿De qué lado está realmente la falta de solidaridad?

Lo único que quedó claro tras la reciente cumbre del Celac, es que sigue muy lejana la unidad latinoamericana.

Fue patética esta cumbre, sobre todo porque evidenció y puso a flor de piel la demagogia y la falta de voluntad de todas las partes.

Para México y en particular para su presidente, Andrés Manuel López Obrador, fue un fracaso. Dejó en “el basurero de la historia”, su pretensión de convertirse en el líder regional.

Su propuesta, de impulsar una integración regional, parecida a la Unión Europea, no sólo fue desoída, sino que quedó en el silencio.

La idea de generar un “tratado económico regional continental”, que incluya a Estados Unidos y Canadá, no recibió ningún comentario de los participantes.

Es más, tampoco ha obtenido respuesta alguna de los dos aludidos. Así que, en resumen: ni adhesiones, ni alusiones.

La propuesta parecía noble: construir un acuerdo y firmar un tratado con Estados Unidos y Canadá, para fortalecer el mercado interno en el continente Americano, “en un marco de respeto a las soberanías”.

Planteó, de buena fe, terminar los bloqueos económicos y los “malos tratos” con base en tres preceptos fundamentales:

  • No intervención y autodeterminación de los pueblos,
  • Cooperación para el desarrollo
  • Ayuda mutua para combatir la desigualdad y la discriminación.

Sin embargo, el planteamiento cayó en oídos sordos, porque los asistentes se enfrascaron en la disputa entre el venezolano Nicolás Maduro con los presidentes de Paraguay y Uruguay.

De hecho, los regímenes de Cuba, Nicaragua y Venezuela concentraron los reproches; precisamente por la falta de libertades, el autoritarismo, el estatismo.

Quedaron en evidencia los dos polos: los que están a favor y los que están en contra de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Mario Abdo Benítez, presidente de Paraguay, defendió el papel de la OEA pues dijo que tanto ese organismo como la propia Celac, “reflejan la integración de los países”, y deben ser potenciadas para que la región sea fortalecida.

Luis Lacalle, presidente de Uruguay, dijo que la Celac no significa que esté “en desuso” la participación de la OEA, y señaló que aunque es criticable, también es materia de cambio y representa una oportunidad para resaltar lo bueno y criticar lo malo.

Los demás exigen una reestructuración de ese organismo o su desaparición, por inútil.

En los hechos, lo único que quedó claro, fue la inutilidad de todos ellos. América Latina no es ejemplo de nada, porque no tiene autoridad moral.

Cúmulo de gobiernos corruptos y oportunistas, que no han hecho nada por sus pueblos. De lo contrario, no veríamos el penoso espectáculo de las caravanas en busca del “sueño americano”.

En el caso de México, fue un doble fracaso: ni López Obrador se convirtió en el nuevo líder bolivariano, ni Marcelo levantó sus bonos como candidato presidencial.

Ambos quedaron en simples “aspiracionistas” fuera de toda realidad.

LO QUE EL TIEMPO SE LLEVÓ

Durante la cumbre, nunca tocaron el grave problema migratorio, la falta de seguridad, la violación de derechos, la impune violencia que genera el narcotráfico.

Peor aún, ninguno pensó en echar al menos una revisada a las lecciones que nos ha dejado la pandemia más mortal de los últimos 100 años.

La humanidad pretende regresar a la “normalidad”, mientras los ecosistemas se agotan, y los desastres naturales cada día son más funestos.

Pueblos enteros anegados, sumidos en la desgracia bajo el lodo y las miasmas, sin que sus gobiernos tengan respuestas, ni mucho menos capacidad para ayudarles.

Se ha normalizado la desgracia y la muerte. No sólo es la pandemia. Los desastres ecológicos empiezan a desbordarnos y a rebasarnos. Pero queremos enfrentar las situaciones con métodos del pasado.

Sin embargo, un día antes, cuando se habló del cambio climático por convocatoria de Joe Biden, ninguno de esos bolivarianos tuvo propuesta alguna. Nadie pareció ver más allá de sus narices.

 

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